¡Ay, qué mala es la nostalgia! Te pones a rebuscar fotos y empiezas a recordar momentos, olores, canciones y amigos. Tenía que hacer esta entrada y he tardado el doble de lo previsto porque con cada imagen ha surgido una historia que he tenido que contar a mi hija Clara…

Reconozco que hasta que no viví en Alemania la navidad no empezó a ser algo tan señalado para mí. En Madrid desde que era pequeña, navidad se reducía a unos poquitos días en los que decorábamos la casa (gracias a mi madre normalmente con cosas hechas por nosotros y distintas cada año), soportábamos horribles villancicos en los centros comerciales y había una cabalgata con señores pintados con betún que lo siento, pero a la niña que era entonces, le daba bastante miedo y le emocionaba cero.

Pero con cuarenta años recién cumpleidos me mudé a Alemania con mi familia, a la preciosa ciudad de Trier donde vivía la familia de mi marido (que es alemán) y descubrí una navidad que si es digna de celebrar, desde el primer domingo de adviento hasta el último día del año.

Descubrí costumbres que no eran las mías, pero ¿realmente había costumbres navideñas en Madrid? Navidad era poco más que colocar el árbol o el Belén, comer en familia unos cuantos días y cenar otros, compras en centros comerciales atestados de gente y poquita poquita slow life.

Los años de las navidades alemanas para mí sobre todo son eso “slow life”. Costumbres que te hacen pasar la tarde en torno a una taza de café y un trozo de tarta, a la la luz de las velas que se van encendiendo cada domingo en adviento y charlando de cosas banales, pero despacio, muy muy despacio…

El espíritu navideño impregna las ciudades pronto, con los mercadillos navideños más bonitos del planeta, en esas noches que empiezan temprano pero que no deprimen en esas semanas, porque se vuelven mágicas con las guirnaldas de bombillas y el olor a panecillos calientes y tazas de Glühwein (vino caliente especiado) por toda la ciudad.

Se pasea mucho, aunque haga frío, se cocina mucho ( allí aprendí a hacer pan, galletas y tartas y llevarlas a las casas de los amigos y que te las agradecieran mil vecss más que si las hubieses comprado en la confitería más cara de la ciudad) y el romántico sentido de la navidad te va empapando sin darte cuenta haciendo que esos días se te queden en la memoria, bastante más bonitos que una tarde en Cortylandia de Callao con los niños la verdad.

Ahora en Madrid me sigo preguntando porqué somos incapaces de sentir de verdad la navidad en modo slow life, y no me refiero exactamente a copiar lo de fuera, sino a hacer que nuestras costumbres sean menos consumistas, más hogareñas y llenas de bonitismo. Puede que el sol radiante de la capital por estas fechas no ayude, que la casi inexistente decoración actual en calles y comercios hunda hasta al más entusiasta, pero sobre todo me molesta esas preguntas de ¿ya navidad? cuando empezamos a hablar de calendarios de adviento y decoración de la casa por estas fechas. ¡Por Dios! es la única época del año que merece realmente la pena vivir en modo hogar, ¿y la vamos a reducir a una semanita?

Lo siento pero no, mi navidad sigue durando mes y medio en modo slow life.

Por cierto, ¿sabéis que añoro mucho vuestros comentarios? Antes pasábais y siempre había unas lineas, ahora seguís ahí (lo sé por las estadísticas) pero vamos todos tan rápido que ni un hola, y os añoro tanto…

(Las fotos de este post son de este mismo blog; de mi casa, mis paseos y mi navidad en Trier, por favor no tomes prestada ninguna sin indicar la fuente)

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